LAURA

Cuando supe que en el verano del 2012 tendría más vacaciones de las habituales, decidí que era el momento de hacer algo que llevaba tiempo deseando: un voluntariado en el extranjero.

Contacté con varias personas de mi entorno y fui llegando a Santiago. Al hablar con él me transmitió algo especial, el cariño con el que hablaba del proyecto me convenció. Desde el principio quise hacer el voluntariado sola (sin pareja ni familia) porque era una ilusión personal y no quería condicionar ni que me condicionaran en esa vivencia.

Al llegar a Perú pasé tres días en Lima con una amiga. La vida nos había vuelto a unir después de muchos años y de situaciones muy diferentes. Fueron momentos de aclimatación en todos los aspectos y sentí que sería mi referente en Perú.

Y, por fin, me fui a Chincha…por la Panamericana. Cuando llegué, la inquietud que llevaba aumentó, pero sólo hasta que conocí a Araceli, la directora del albergue. Desde ese primer momento me ayudó mucho, me enseñó lo complicado que es la organización de un lugar así y compartí con ella todos los trámites y decisiones que conllevaba.

El albergue estaba a las afueras del pueblo y los caminos para acceder a él eran de tierra, pero cuando lo vi me pareció precioso aunque un poco árido. Eran como las instalaciones de un campamento de verano y estaba muy limpio. Las chicas tenían sus habitaciones compartidas, pero parecía haber espacio suficiente para sus necesidades.

Comenzaron las presentaciones y aunque al principio me costó un poco, enseguida me sentí acogida por todos. Las educadoras-cuidadoras me ayudaron mucho y pude comprobar a lo largo de los días que para ellas estar allí era mucho más que su trabajo.

Uno de mis primeros objetivos fue intentar intercalar dentro del horario de tareas y clases otras actividades diarias. Con los pequeños fue bastante fácil desde el primer momento, ellos no tenían obligaciones y con juegos, cuentos, canciones, etc, se entusiasmaban rápido; pero con las chicas resultó un poco complicado, sobre todo por su falta de motivación ante todas las actividades propuestas: deportivas, lúdicas, interpretativas, etc. Había casi que “obligarlas” para que saliesen de su apatía en los ratos libres. A medida que fueron pasando los días y llegó Sofía, se volvieron más receptivas y participativas con nuestras propuestas.

Sofía fue otra voluntaria española que estuvo en el albergue más o menos el mismo tiempo que yo. Contar con ella en todo momento fue estupendo y muy enriquecedor. Son estas personas que llegan por casualidad a compartir momentos importantes de tu vida y que siempre recordarás con mucho cariño.

Además de proponer actividades y trabajar las necesidades académicas (en general el nivel educativo era muy bajo), solíamos colaborar en todo lo que las educadoras requerían ayuda. Para mí, las visitas a los doctores de la posta eran frecuentes; administraba medicamentos; vi por primera vez un termómetro que marcaba 40 de fiebre y aprendí a bajarla con remedios caseros; acompañaba a las chicas a los encuentros religiosos fuera del albergue…

Me gustaría compartir algunos de los mejores momentos de mi experiencia a través de imágenes:

COMETASTaller de cometas que volaban

PASEOPORCHINCHAPaseo por Chincha

SONRISASYBESOSSonrisas y besos para todos

CAMINANDOCorriendo hacia el objetivo

COMPARTIENDOCEVICHECompartiendo ceviche

QUECOMIDA¡Qué comida tan rica!

MAÑANITASMi cumpleaños con “Mañanitas”

En el albergue había otras actividades programadas semanalmente, las cuales se mantuvieron y tuvimos la suerte de participar en ellas junto con los voluntarios que las llevaban a cabo, como:

  • Taller de costura y abalorios. Una voluntaria las orientaba y formaba en el área con la intención de que fuese provechoso para su futuro familiar y/o profesional.
  • Charlas con Ana, una Psicóloga voluntaria que trataba los conflictos que habían  surgido a lo largo de esos días o temas de interés para ellas. Las chicas debían ír a todas a las charlas y se les motivaba a hablar y expresar sus opiniones para que se desahogaran.
  • Charlas y reuniones con el pastor y otros miembros de la Comunidad Cristiana de Chincha que iban de visita al albergue. La mayoría de las chicas decían ser cristianas, que no católicas (es más parecido a la Iglesia Evangelista).

Pero lo que más les gustaba a las chicas y a los niños era poder salir del albergue a dar un paseo. Era lo que más disfrutaban y aunque en nuestra estancia lo organizamos en varias ocasiones, en condiciones normales se hacía más difícil. No obstante, se consideró como un posible proyecto semanal para un futuro.

Ahora llega el resumen:

  • Lo mejor: vivir con los niños y las chicas; compartir todo con ellos.
  • Lo más difícil: asimilar que aquellas niñas tenían la responsabilidad de ser madres.
  • Lo más curioso: compartir alojamiento unos días con un pastor americano de la Iglesia Cristiana.

Hubo muchos momentos de desconcierto personal y emocional que allí no supe cómo gestionar, pero la reflexión en la distancia me ayudó a comprender situaciones que creía inadmisibles. Una de las cosas que más me preocupó era el poco valor que las chicas daban a todo lo que se les proporcionaba en el albergue, pero lo cierto es que a mi alrededor tampoco veo que los adolescentes de aquí valoren lo que tienen, lo cual me tranquiliza por ellas y me inquieta por la sociedad que estamos construyendo.

Antes de finalizar quiero aprovechar estas líneas para dar las gracias a Rocío, a Luci y a Jazmín, por su cariño y su generosidad hacia los niños y hacia mí.

Ahora tengo el mismo sentimiento de vacío que en la despedida, el pensamiento de no saber qué va a ser de su futuro, el deseo incontrolado de que merecen ser felices y la pequeña espina de no saber si podría haber hecho algo más para ayudarles a cambiar su suerte.

Para mí Perú será siempre un lugar especial gracias a la experiencia que me permitió vivir Camino a la Solidaridad. ¡Muchas gracias!

Laura Sánchez Junco

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