Archivo diario: 11/03/2015

Recuerdos de Marina y Sara, voluntarias en Camino a la Solidaridad

Somos Sara y Marina, dos voluntarias de Barcelona, psicóloga y educadora infantil respectivamente y os queremos explicar nuestra experiencia durante los dos meses que hemos estado en Camino a la Solidaridad.

Hacía tiempo que nos planteábamos realizar un voluntariado en el ámbito de infancia y adolescencia y fue a finales de 2014 cuando se dieron las circunstancias para llevarlo a cabo. Nos decidimos por el proyecto de Camino a la Solidaridad por la naturaleza del mismo y porque una de nosotras (Marina) está vinculada familiarmente desde su inicio y habíamos ido siguiendo su evolución.

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Ahora ya hace tres meses que hemos puesto los pies en Barcelona y nuestra vivencia en el albergue queda como un bello recuerdo. Parece que fue ayer cuando Araceli, la directora de Camino a la Solidaridad nos recogió en el aeropuerto de Lima. Era a principios de septiembre, el día 3 para ser más exactas. Después de un viaje de tres horas hacia Chincha llegábamos al que sería nuestro hogar por dos meses, de noche, cansadas y desorientadas. A la mañana siguiente no sabíamos qué nos esperaba, y así, con mucho sueño y sin mucha idea de qué nos encontraríamos cuando nos abrieran la puerta del albergue (ya que la casita de voluntarios está independiente), pasamos a dar comienzo a nuestra aventura.

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La primera tutora que conocimos fue Marly, que nos recibió y enseguida nos presentó a todos los niños que vinieron corriendo a nuestro encuentro. Las chicas las conoceríamos más tarde, ya que a la hora que bajamos ya estaban en el colegio. De ese día tenemos un vago recuerdo: muchas caras, muchos nombres y mucha confusión ¿sería la emoción? ¿Sería el Jet lag? De todo un poco…

Durante los siguientes días ya todo fue cogiendo forma. Enseguida empezamos a conocer el día a día del albergue, participar de las actividades que se llevan a cabo y sentirnos parte del proyecto. En este aspecto nos gustaría remarcar que desde un inicio se nos hizo muy participes y siempre se nos tuvo en cuenta para poder seguir una línea de trabajo común.

Desde muy temprano empezaba la actividad, a las 5’30 de la mañana estaban en pie para realizar las tareas asignadas. Todos y cada uno de ellos ayudaban al buen funcionamiento del albergue, pasando por pequeñas tareas como ayudar a peinar a los más pequeños o limpiar y ordenar las habitaciones hasta preparar el desayuno y limpiar los baños entre otras cosas.

Todo ello tenía que estar hecho antes de las 6’45h, que era la hora del desayuno. Nosotras acompañábamos a los alumnos de primaria hasta el colegio de Cruz Blanca que se encontraba a unos 25 minutos andando, tiempo que aprovechábamos para repasar las tareas de clase, deletrear palabras o cantar. Les encantaba que hubiese voluntarios para poder ir andando y no tener que ir en movilidad.  A los de preescolar los acompañaban sus madres a la escuela que está en el mismo Condorillo.

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Mientras tanto las chicas aprovechaban para hacer alguno de los talleres o charlas programadas y así pasaban la mañana hasta la hora de comer. Después del almuerzo las chicas iban al instituto, que está en el mismo edificio que las aulas de primaria. De este modo, hacíamos de nuevo el mismo camino y volvíamos con los niños al albergue para almorzar.

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Por la tarde tocaba hacer los deberes, jugar un ratito o si daba  tiempo leer algún cuento. Y así llegaba la hora de cenar a las 17h, que ya empezaba a anochecer.  A las siete se iban a dormir, con lo cual el tiempo que sobraba después de la cena se destinaba en algunos días a trabajar con Esperanza, la Psicóloga del centro, o a acabar las tareas que tuvieran pendientes.

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Como ya sabréis el albergue está enfocado a la atención de madres adolescentes y sus hijos, aunque también acoge a niños en estado de abandono. Es por este motivo que se hacen actividades muy diversas enfocadas a las distintas necesidades y rangos de edad. Cuando llegamos, el taller en curso para las chicas era el de bordado, se llevaba a cabo los lunes, miércoles y viernes por la mañana y se realizaban bordados muy bonitos. Por otra parte, hacían alguna actividad esporádica conjunta en fin de semana, como actuaciones de títeres, charlas con merienda o salidas lúdicas donde se respiraba un ambiente muy agradable y familiar.

En función de las necesidades que observamos durante los primeros días decidimos llevar a cabo distintas actividades. Vimos que las principales carencias de los niños se centraban en el ámbito escolar y afectivo, por ello decidimos abarcar la problemática a través de un mayor apoyo en el refuerzo escolar y el juego.

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A raíz de reunirnos con la Psicóloga, decidimos retomar un proyecto que tenían en mente hacía tiempo pero que no se había podido realizar por falta de personal. La idea era habilitar una de las habitaciones que hacía tiempo estaba libre y transformarla en un lugar dónde los más pequeños pudieran tener su propio espacio, con la finalidad de favorecer el desarrollo psicomotriz y perceptivo del niño y así como estrechar los lazos afectivos con las madres. El desarrollo de este trabajo nos ocupó casi los dos meses que estuvimos, entre limpiar, pintar y acondicionarlo.

Respecto a las chicas decidimos poner en marcha dos nuevas actividades aprovechando las dos mañanas que quedaban libres (martes y jueves). Debido a su gran habilidad a la hora de tejer se organizó el taller de pulseras, con el objetivo de desarrollar la creatividad, favorecer el trabajo en equipo y venderlas en ferias y mercadillos para que las chicas puedan tener unos pequeños ingresos y aprendan a gestionar sus ahorros.

El otro taller que realizamos fue el de relajación. La idea de este taller era crear un espacio para que las chicas pudieran tratar diferentes problemáticas del día a día de una forma más distendida a través de pequeñas dinámicas y role-plays, acabando siempre con una sesión de relajación dirigida; actividad que les puede servir para aprender a gestionar la ansiedad y otras emociones tales como el enfado o la agresividad. Este taller fue previamente coordinado con la psicóloga del centro para no interferir con su trabajo en terapia.

A día de hoy nos ponemos a reflexionar y nos damos cuenta de los mucho que hemos aprendido durante este tiempo con esta gran familia. Los meses previos a la llegada al Perú le dimos muchas vueltas a qué actividades podríamos realizar, qué íbamos a aportar y preguntándonos si estaríamos a la altura de la situación. Pero la verdad es que una vez llegas te das cuenta de que todo es mucho más fácil. De todos modos, si tuviéramos que daros algún consejo (teniendo en cuenta lo complicado que es, ya que cada voluntario tiene su propio bagaje y puede aportar muchas cosas distintas) os recomendamos que vayáis con mucha energía y positividad, una actitud abierta y una buena dosis de adaptabilidad.

Nos volvemos con las mochilas llenas de experiencias, aprendizajes y mucho amor. Nuestra aportación solo representa un pequeño grano de arena comparado con todo lo que hemos recibido. ¡Hasta la próxima! Muchas gracias.

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